Esta es una película de
thriller y crítica social del director ecuatoriano Juan Sebastián Jácome.
La película comienza
narrándonos un suceso que marcará el destino de una familia, una de sus
asistentes domésticas es encontrada muerta en la piscina, desde ese punto
comenzaran los sucesos que van desembocando en un mar de inquietudes,
inseguridades y desconfianza.
El silencio es inmenso,
abarca todo lo que existe y es más antiguo que la vida misma. Existen silencios
que dicen tanto y otros que callan con un cinismo demoledor, Los Ahogados es la
muestra del manejo de un silencio social, moral y personal ante un suceso
trágico que pasa ser ignorado como muchos en los que vivimos en este país, es
la representación fílmica de lo que se conoce coloquialmente: fingir demencia,
comprar el muerto, chantar la culpa, ser sabido y más frases similares que no
hacen más que ejemplificar los fallos morales de la sociedad.
La película se construye
con pocas localizaciones, pocos personajes y diálogos intensos, el sonido es
agobiante, está como un eco sordo, un ruido que incapacita o busca generar una migraña
de culpabilidad, es un fantasma sensorial que sostiene la tensión junto a las
actuaciones.
Todos los actores aunque
pocos son excelentes, cumplen su rol con alta credibilidad y nos brindan diálogos
como gestos corporales que argumentan lo que está ocurriendo, dándole un valor
casi de true crime.
La historia aunque es de
ficción, nos muestra una realidad que es continua y no cambia, una llaga en la
sociedad donde el dinero y las apariencias conquistan, es irónico como nos
hacen saber que la protagonista, la madre es una escritora que está por lanzar
un libro que hable de la crítica social y se ve inmersa en un hecho que
prefiere obviar, revelando también que los que critican sucesos suelen ser
abusadores ante que salvadores, disfrazándose de justicieros sociales, cuando a
su espalda ocurren horrores que obvian para conciliar el sueño o evitar sufrir.
Sin más que decir les
recomiendo muchísimo la película, aprovéchenla ahora que está en cines, su
ritmo no es malo y se pasa volando, mientras vamos descubriendo las pistas
alrededor del thriller que nos incita una reflexión.
Preguntas sobre Los Ahogados
¿Cuál
fue el detonante que originó la idea de Los Ahogados?
El origen
de Los Ahogados proviene de dos momentos distintos que, con el tiempo, se
unieron. El primero fue el desarrollo del personaje de Marcela (que hicimos
junto a mi co-guionista V. Mares): una mujer que vive en permanente estado de
paranoia, con miedo a lo que ocurre fuera de su casa y a posibles amenazas a su
seguridad.
El
segundo surgió cuando Mares encontró una noticia, ocurrida en otro país
latinoamericano, no en Ecuador, sobre una trabajadora doméstica que había
muerto en la piscina de la casa donde trabajaba. El hecho era sospechoso, con
indicios de que no se trataba de un accidente. Seguimos de cerca el caso, pero
un día simplemente dejó de aparecer en los medios y nunca se supo el desenlace.
Esa
desaparición de la verdad generó conversaciones entre Mares y yo sobre temas
como la impunidad, la división de clases y las dinámicas de poder en sociedades
andinas tan polarizadas. Con el tiempo, esas reflexiones se entrelazaron con el
mundo interior de Marcela y dieron forma a un thriller que, sin dejar de ser un
relato de suspenso, tiene una dimensión social.
¿Qué
significa el título para usted, y cómo refleja el tono o mensaje de la
película?
El título
Los Ahogados habla tanto al hecho que desata la historia como al estado de los
personajes: atrapados en miedos, silencios y tensiones que los asfixian. Resume
el tono de la película, donde el suspenso nace tanto del misterio externo como de
las cosas que cada uno calla.
¿Cómo
fue el proceso de construir ese pequeño mundo que vemos en el film?
La
construcción del mundo de la película empezó desde el guion y se fue armando
poco a poco, siempre guiándonos por los personajes y la trama. Es un proceso
que pide paciencia: escuchar lo que la historia necesita y darle tiempo para
madurar antes de cerrar las bases estéticas.
En Los
Ahogados, la historia exigía un tono de suspenso y misterio. El universo de
Marcela, con su sofisticación, llevó a una puesta en escena elegante y
contenida, con una paleta de colores precisa.
El hecho
violento que desencadena la trama nos llevó a una película muy nocturna, donde
la oscuridad funciona como extensión del miedo y la incertidumbre.
El agua
se convirtió en un elemento central. La idea de lo líquido, lo que ahoga o
desborda, hizo que generemos lluvia constante y dio paso a un trabajo sonoro
lleno de matices acuáticas. Esa humedad impregna la atmósfera y hasta los
silencios, reforzando la sensación de amenaza.
La casa
de Marcela también fue clave. Tenía que ser realista, pero al mismo tiempo
transmitir la tensión entre protección y encierro: un refugio que a la vez se
convierte en cárcel psicológica.
La
película pedía una sonoridad misteriosa e incómoda. Diseñamos un sonido muy
ligado a la música, casi sin división entre uno y otro. Jugamos con frecuencias
que incomodan y con la experimentación de sonidos extraños para sostener esa
sensación de tensión constante. Como anécdota, en un punto del proceso de
diseño sonoro, tanto el músico como el diseñador de sonido y yo experimentamos
sensaciones de vértigo por algunos días, los cuáles desaparecieron al terminar
de trabajar en la película.
¿Qué
elementos personales, sueños o memorias se colaron en el guion durante la
escritura?
La protagonista es dramaturga, una profesión muy
cercana a la mía. En
la película, la ficción siempre se cuela en la realidad, de la misma forma
como, de maneras más sutiles, sucede en nuestro oficio: usamos lo que vivimos,
lo que vemos y sentimos, para transmitirlo a través de nuestro trabajo.
Además,
la película me llegó en el momento en el que me convertí en padre, lo cual le
dio una dimensión mucho mayor a la relación de los personajes con su hija y a
la importancia de la chica en la película.
¿Qué
referencias cinematográficas, literarias o artísticas influyeron en la
película?
David Lynch, Michael Haneke, Alfred Hitchcock.
¿Cómo
trabajó con su equipo para lograr la estética y el sonido que tiene la
película?
Mares fue mi co-escritor en Los Ahogados y también
participó como co-director. Desde el inicio, la película se pensó de manera muy
colaborativa, y era muy importante estar de acuerdo en cada decisión técnica y artística. Con la
incorporación de nuevos miembros, esa dinámica simplemente se amplió. Lo esencial
fue elegir bien al equipo, desde actores hasta artistas y técnicos. Una vez armado
el equipo, la prioridad fue empapar a todos del lenguaje y del mundo que queríamos retratar.
Para eso, la etapa de desarrollo y preproducción fue súper
importante. Con una preparación rigurosa, al llegar al rodaje o a la post-producción, ya todos
estábamos trabajando dentro del mismo universo. Y es ahí donde conviene soltar
y dar espacio a cada miembro del equipo para que proponga y se apropie de la película a su
manera. Ese cruce de miradas es lo que hace que las ideas crezcan y se
potencien.
¿Qué
desafíos enfrentó al dirigir las escenas de tensión?
Los
actores llegaron muy preparados al rodaje, con muchos ensayos detrás, y nunca
fue, para mí, un reto en particular ayudarlos a entrar en ese estado mental.
El verdadero desafío estuvo en cómo construir la
tensión desde la puesta en escena. Cada decisión (dónde poner la cámara, cuánto
revelar y cuánto ocultar) definía si la escena mantenía la tensión o se
desinflaba.
Tanto
Mares como nuestro director de fotografía Simón Brauer tienen una gran
facilidad para generar imágenes sugestivas y al mismo tiempo bellas; ellos
fueron claves para lograr transmitir visualmente el mundo interior de Marcela.
Además, la dirección de arte de Belén Draghi y la iluminación del Rambo Pazmiño
fueron muy importantes para facilitar ese ambiente constante de tensión.
Otro desafío fue el ritmo. La tensión se sostiene en
el tiempo, y había que encontrar cuánto apresurar o alargar cada momento; saber cuándo
debíamos alargar una situación dramática o deshacernos de ella por completo. En
la fase de montaje, Mares y yo fuimos muy rigurosos, siempre con la intención
de mantener esa tensión latente.
Marcela
es la protagonista, tiene un pie entre la culpa y el desconocimiento: ¿cómo fue
el trabajo con la actriz para lograr esa interpretación compleja?
Giovanna Andrade
es una gran actriz y llegó a los ensayos muy abierta a experimentar. Ella tiene
mucha facilidad para expresar emociones, y ahí estuvo el reto: que esas
emociones no se desborden, sino que se contengan y que se revelen de maneras
sutiles, sobre todo a través de sus ojos. Gran parte del trabajo fue ayudarla a
canalizar esa energía tan expresiva que tiene de manera natural, para que la
interpretación se mantuviera en un estado de tensión interna constante.
Giovanna también
es una persona muy cálida y abierta. La relación que ella generó con el resto
del elenco y el equipo ayudó a que el espacio de trabajo se sintiera seguro, y
eso le permitió trabajar con sus propias vulnerabilidades para darle más
dimensión al personaje. Dentro de estas relaciones, fue importante la conexión
de Giovanna con Amelia Yépez, quien interpreta a su hija Emilia. Esa conexión
le dio mucha dimensión a la relación de Marcela y Emilia, haciendo que las
situaciones que Marcela vivía en la película se carguen de emocionalidad.
La
película aborda temas como la injusticia, el cinismo y crítica social: ¿cómo
quiso que el público los sintiera sin explicarlos de forma directa?
Durante
todo el proceso nos concentramos en explorar esta sociedad en la que vivimos,
que está profundamente afectada por la división de clases. La idea no fue
explicar nada de esto, sino mostrarlo desde la experiencia de los personajes y
la tensión que los rodea. El objetivo es que el espectador se sienta dentro de
un sistema roto y, a través del suspenso, se vea obligado a examinar su propio
lugar en él.
¿Qué
aportaron los lugares de rodaje a la identidad visual y emocional del filme?
La casa
de Marcela fue la locación más importante de la película. Tenía que sentirse
como un refugio, pero también como un encierro. Su gran patio espacio verde
mostraba cierta opulencia en un mundo donde ese lujo es cada vez más escaso. El
enorme portón y sus muros reflejan nuestra obsesión con la seguridad y el miedo
que está tan presente en la sociedad retratada. Adermás, su arquitectura debía
transmitir cierta obsesión con lo estético, un elemento importante del
personaje de Marcela. El color rojo en la locación principal también va atado a
una paleta personal del personaje.
En las
locaciones abiertas, el agua y la lluvia refuerzan la sensación de algo que
ahoga y desborda. Los espacios nocturnos y húmedos terminaron siendo casi un
personaje, envolviendo escenas en ambientes de misterio y tensión.
¿Tuvo
limitaciones presupuestarias? ¿Cómo las convirtió en ventajas creativas?
En
nuestro cine, no existen películas sin limitaciones presupuestarias. Todas las
películas se hacen con las uñas y con menos presupuesto de lo que deberían. Eso
ha hecho que nuestros técnicos sean muy recursivos y que logren imágenes
increíbles con recursos muy limitados.
Al
dirigir, siempre hay que tener estas limitaciones en mente. Muchas veces se
debe decidir a última hora qué escenas sobran y se deben eliminar, o cómo
colocar la cámara para no gastar en fondos o en extras de forma innecesaria.
Cuando esas decisiones se alinean con el mundo visual de la película, las
limitaciones dejan de sentirse como obstáculos y terminan generando una puesta
en escena más coherente con el mundo que propone la película, además de más rigurosa
y específica.
¿Qué
espera que el espectador se lleve después de ver Los Ahogados?
Sensaciones
y conversaciones. Espero que el público se lleve ciertas sensaciones de los
personajes y que se sumerja en el mundo que propone la película. Además, espero
que los espectadores se lleven conversaciones a sus casas. La historia tiene
múltiples capas que pueden generar distintas interpretaciones. Espero que la
gente salga de las salas debatiendo sobre la película y descifrándola.
¿Cuál
ha sido la reacción o comentario que ha recibido sobre la película?
Hasta el
momento el público ha sido muy generoso con la película. Como la película
estrenó hace pocos días, no tengo clara la concurrencia a salas, pero los
comentarios me han llenado de alegría. Hay gente que me ha comentado que ha
soñado con la película, lo cuál es lo mejor que me pueden decir, ya que la peli
propone un mundo que es casi como un sueño o pesadilla. Muchas personas dicen
que la película ha generado largas conversaciones y debates. Ese es el
propósito de Los Ahogados; no morir en las salas, sino seguir viva con las
personas que la ven.
¿Cuál
otro proyecto tienen en mente y algún dato que pueda brindar?
Ahora mismo estoy en plena producción de mi siguiente
película como director. Se llama NORMA y es mi primer
largometraje de animación. La película está ambientada en la Ciudad de Panamá. Es un
proyecto panameño-ecuatoriano que dirijo junto a mis socios V.Mares y Cat
Caballero. La historia
se adentra en el proceso de gentrificación que sufrió el Casco Antiguo de esa
ciudad; todo desde el punto de vista de una mujer de setenta años de edad y su
resilencia ante este hecho.
Es un guion al que le tengo muchísimo cariño;
lo escribí junto a Mares y cada vez que lo leo me mueve
mucho. La película es
producida por Irina Caballero, por Abner Benaim (cineasta panameño cuya última
película estuvo en el Shortlist de 15 películas pre-nominadas al Oscar para
Mejor Película Internacional), por Sebastián Cordero y Simón Brauer.
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